La flor de la honestidad

Por María Marín

Mentirosos hay de todo tipo y de todos colores. Primero está el mentiroso compulsivo, este lo hace constantemente, y hasta llega a creerse sus propias mentiras.  Por otro lado esta el mentiroso ocasional este es al que llaman por teléfono y dice “si es para mí no estoy.” También tenemos el mentiroso profesional  este miente con un propósito y un fin calculado. Y por último y quizás el que más pena da es el mentiroso que lo hace por aparentar. Estos son aquellos que no dicen la verdad porque tienen un complejo de inferioridad y temen ser juzgados por los demás si revelan su verdad.

Este último tipo de mentiroso me acuerda el cuento de un príncipe chino bello y poderoso, quien reunió a todas las muchachas del pueblo para entre ellas escoger a su esposa. Como reto les dio una semilla y dijo “deben cultivarla con amor, aquella que traiga la flor más bella en seis meses será escogida como mi esposa y futura emperatriz de China”. Entre las bellas y sofisticadas aspirantes se encontraba una humilde y sencilla joven la cual sabía que sus posibilidades de ser escogida eran remotas, pero aceptó el reto con tal de estar cerca del príncipe. Sembró con mucha dedicación su semilla, pero ni un tallito brotó.

Llegó el día en que cada una tenía que llevar su flor, la chinita vio con decepción que su tiesto era el único vacío y que todas las demás mostraban flores fabulosas. Su sorpresa fue cuando el príncipe le dijo: “A ti te escojo como mi esposa”. Nadie entendía por qué, y concluyó: “esta joven fue la única que cultivó la flor que la hace digna de ser mi esposa y emperatriz: La flor de la honestidad”. ¡Todas las semillas que repartí eran falsas!

Las mentirosas de esta historia por querer aparentar ser grandes jardineras perdieron un reino por miedo a parecer menos antes los ojos del hombre que querían, pero la ganadora tuvo la suficiente seguridad en sí misma para aceptarse y no acomplejarse de su realidad.

Tú al igual que esta joven vales por quien eres y no tienes que mentir para justificar tu verdad. Las mentiras son como una bola de nieve que hay que darles seguimiento porque siguen creciendo.  La verdad te da luz propia, te hace brillar y te da tranquilidad, como dice un pasaje bíblico  “la verdad siempre te libera”.

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