Peligros de la pornografía

Por Maria Marin

En el mundo cambiante y acelerado en que vivimos hoy día, lo que hace un tiempo podía parecernos fuera de lo “normal”, ahora en ocasiones ni siquiera nos llama la atención. Eso es lo que le sucedió a una amiga que, en conversación privada, me comentó —como que “de paso”— que a su novio le encantaba ver pornografía en el Internet. Y aunque ella no era aficionada a esa actividad, no tenía problemas con que él lo hiciera. ¿Perdón? Me parece que esta amiga está demasiado “acelerada”, o teme perder a su enamorado si lo confronta con una opinión contraria.

 

No voy a empezar ahora a “hacerme la santa” diciendo que la pornografía es una actividad diabólica de consecuencias infernales, pero sí creo que —por muy extendida que esté y por “aceptada” que sea como terapia para parejas que tienen problemas de sexualidad— puede conducir a serios problemas en la relaciones, y quizás peor aun, a trastornos de la personalidad y comportamientos muy riesgosos socialmente. Tal vez te preguntas ¿Y como es que la pornografía puede ser algo tan maligno?

 

Las imágenes pornográficas actúan con gran poder sobre el cerebro. Las hormonas del organismo que generan placer intenso se activan cuando una persona observa pornografía. Estas imágenes y deseos sexuales se incrustan en la memoria y puede ser muy difícil dejarlas a un lado, provocando la necesidad de volverlo a hacer.

Como todo lo excesivo (que además puede tener el sospechoso encanto de lo prohibido), puede convertirse en una adicción. Poco a poco el usuario de pornografía se va sintiendo insatisfecho con el placer que experimenta, asi que comienza a buscar materiales más gráficos y perversos para satisfacer su necesidad. En ese punto puede poner en práctica comportamientos sexuales  que una vez consideró destornillados, degenerados o vergonzosos, que ahora se tornan comunes y aceptables. Tales como la promiscuidad, exhibicionismo, sexo grupal y voyerismo se pueden convertir en una adicción.

La pornografía ataca a todos los sectores de la sociedad pero su mayor practicante es el sexo masculino (¡ay, cuánto calienta la mente de los hombres esa testosterona!), y se deleitan por medio de Internet, en revistas, en un bar de “chicas” o hasta en llamadas de contenido sexual —¡porque la pornografía no sólo entra por los ojos!—

 

No permitas que la pornografía distorsione la belleza de la entrega total entre dos seres humanos. No se creas eso de que, “¡pero si yo no le hago daño a nadie mirando esos videos tranquilito!” — Te advierto, que el daño te lo haces a ti mismo.

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